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Escribir para no morir (Columna de Opinión)

Por Jhon Fredy Londoño Ayala

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Imagen tomada de internet


Concibo la acción de escribir como la vida misma, todos los días aprendemos, nos comportamos mejor, pero jamás alcanzaremos la plenitud, sé que no podré decir, que lo aprendí todo en la vida así alcance mil años, como tampoco podré siquiera pensar, ya se escribir.


Recuerdo que en mis años de escolar, con el método de escuela nueva, los estudiantes teníamos cierta autonomía sobre nuestro aprendizaje, las guías de español, como se llamaban en ese tiempo, eran mis favoritas, caso contrario sucedía con las de matemáticas, que casi no las tocaba. Era un lector empedernido, volaba con la imaginación; pero comprendo que me faltaba algo… comenzar a escribir.

El tiempo se pasaba en un suspiro, aferrado a la máquina de escribir, que comprara en ese diciembre del 99, alimentaba la fuerte convicción de que nada más me faltaba. No salía de mi pequeña habitación, y el golpe de las teclas en el papel me hacían sentir poderoso. Eran un adolecente que no tenía amigos, no veía la TV, que hablaba poco, pero que escribía más de lo yo mismo imaginaba, era un anacronismo viviente.


Cada domingo muy temprano, salía al pueblo, como decimos en el campo, compraba el periódico El Colombiano, que traía en esa época un suplemento solo en ese día,” El literario dominical”. Para mí, era una joya preciosa, tanto así, que en el recuerdo aún tengo el brillo diáfano del algunos de esos tantos textos que algo me enseñaron.


Me encerraba no solo en mi cuarto, también lo hacía en mi corazón, era solitario, lo reconozco, pero era un joven sano en todos los aspectos y a pesar de las carencias propias de esos días. Era un joven feliz. Me sentaba siempre en el mismo café a ojear por encima, las páginas de un periódico que era una ventanita que habría para ver el mundo. Sin tener la conciencia de que poco a poco comenzaría a crear el mío.


Me trasnochaba en tertulias de poesía cada viernes y hasta ahora me pregunto cómo llegué ahí. Recuerdo que el grupo lo conformaba, un poeta muy reconocido en la región, había otro poeta de apellido Guevara, que tenía un estilo costumbrista, recuerdo a un señor intelectual que tenía varias obras literarias en su haber. Rectores de colegios, profesores universitarios, incluso dos de mis maestros, asistían a esa tertulia en donde yo era el único, cuyo currículo apenas comenzaba a ensamblarse.


Me enamoré rápidamente de escribir y con el paso del tiempo fui comprendiendo, que hacerlo hace parte de la vida misma, no de un modo universal, de la mía, de esa que disfruto y padezco en mis incontables cotidianidades. Inmerso en lo avatares propios de la existencia, he negado muchas veces, lo que descubrí hace más de dos décadas, nací para escribir. Con o sin el reconocimiento de la gente, sé que lo importante es hacerlo por convicción y porque sencillamente lo necesito.

Puedo ser un don nadie, pero un don nadie con una gran pasión, un don nadie diferente, que no fue igual a la mayoría, un don nadie que aún conserva una vieja máquina de escribir, debajo de la cama, no entiendo si como reliquia o como la prueba material de un amor indeleble por las letras.

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